Desazón

Llevo días pensando en una nueva nota, barajando temas sobre la actualidad española y me descubro presa de una desazón, que tampoco es novedad, y que se podría resumir en: da igual lo que pensemos, opinemos y hagamos los ciudadanos, porque no se nos tiene en cuenta en lo más mínimo. O sea, que tanto es esfuerzo de algunos por aportar claridad (en las redes o en la prensa no alineada) como el de los ciudadanos manifestándose o recogiendo firmas o el de algunos políticos de nueva generación son, para quienes nos gobiernan, papel mojado. Me los imagino concediendo autorizaciones a manifestaciones para que nos «saquemos el gusto», mientras ellos no se mueven un ápice de sus posturas con tal de salvar el pellejo, el propio y el de quienes los mandan.

Con total desparpajo, se cambian jueces que no convienen, se ponen fiscales que sí lo hacen, y se llenan la boca hablando de la independencia del poder judicial. Y de democracia, a la vez que señalan con el dedo a otros países que no lo son. Si Maduro hubiera sido citado como testigo en el juicio por la financiación ilegal de su partido hubiéramos visto las portadas de diarios y revistas plagados de titulares sobre la falta de justicia en Venezuela. En España, a M. Rajoy no le quedó más remedio que transportar su cuerpo a dicha cita, pero es como si no lo hubiera hecho. No contestó a nada de lo que se le preguntó y todos tan tranquilos. Se vio forzado a responder ante en Congreso de los Diputados por el mismo tema, pero tampoco en esa ocasión se sintió interpelado en lo más mínimo.

«¿Y La UE?». Calladita, calladita, porque son la misma gente, obedientes a los poderes financieros. ¿Qué quedó del maravilloso proyecto de una UE en la que todos nos ayudaríamos? Preguntémosle a los griegos, entre otros, o a nosotros mismos, españoles e italianos. Pensemos en qué quedó nuestro estado del bienestar, nuestra educación pública, nuestros servicios sociales o la justicia con que se nos juzga. Criminalización de tuiteros, titiriteros, raperos o periodistas condenados por la «ley mordaza» son una muestra del profundo sentido democrático de nuestros estados.

«¿Y La UE?»

Hace un par de semanas, dos cómicos rusos le gastaron una broma telefónica a Cospedal, ministra de Defensa, haciéndose pasar por el homólogo Letón. En dicha conversación, grabada y colgada en YouTube, le cuentan a la sagaz ministra que Puigdemont es un espía ruso que responde al nombre de Cipollino y que un 50% de los turistas rusos en Cataluña son espías del Kremlin. La broma dura ni más ni menos que unos 12 minutos, en los que Cospedal hasta intenta fijar una cita entre Rajoy y el gobierno de Letonia para hablar del tema.

«Menos mal que son rusos», pensé. Si no, ya estarían durmiendo a la sombra junto a los independentistas, los tuiteros, raperos y demás terroristas que atentan contra la democracia española y europea.