Homenaje a Gillo Dorfles

Entre 2001 y 2003 mantuvimos Gillo y yo una serie de conversaciones que acabaron convirtiéndose en un libro, Destino Dorfles, publicado por ELR Ediciones de Madrid. El objetivo era plantear una serie de temas que escaparan a lo académico, a lo que ya estaba escrito o a lo que solía decir en sus entrevistas, otra faceta de Dorfles, en suma.

A continuación, un fragmento, como recuerdo de muchas tardes en las que compartimos pasteles y chocolates, una pasión común.

 

Objetos y supersticiones

Me gustaría que me contaras algo de tu relación con los objetos.

– ¿Con los objetos, dices? Yo he tenido desde siempre un gran interés por los objetos y siempre me gustó conservar algunos que no son para mí más que fetiches.

¿Fetiches?

– Sí, yo creo mucho en el fetiche, en la carga que puedan tener ciertos objetos, en la buena o mala suerte que puedan traer.

La verdad es que no dejas de sorprenderme. ¿Un estudioso que cree en lo irracional? ¿Un psiquiatra que cree en lo irracional?

– Precisamente porque soy todo eso, y porque estoy convencido de que hay una parte del cerebro que desconocemos por completo. Te quiero contar una anécdota. ¿Puedo?

Claro. Soy toda oídos.

– Resulta que el otro día me regalaron por la calle una estampita del Padre Pío. Y me la guardé en un bolsillo de la chaqueta.

¿Por qué?

– Porque pensé que si la tiraba me podía traer mala suerte.

¿Y si la guardabas?

– También.

Pero elegiste guardarla.

– Pensé que si me moría, cosa que puede ocurrir en cualquier momento, podía ser divertido que la gente dijera: “Fíjate Dorfles, nunca nos imaginamos que pudiera ser devoto de Padre Pío”.

Dicen que lo último que hay que perder es la esperanza. En tu caso diría que lo último que  pierdes es el sentido del humor…

– Al final me deshice de ella, porque pensé que nadie entendería. Y no quisiera que lo tomaran por verdadero.

¿Te gusta el Padre Pío?

– De ninguna manera, me resulta un  personaje de lo más antipático. Justamente por eso pensé que me podría traer mala suerte, como respuesta a mi rechazo.

¿Y tú convives con este tipo de cosas?

– Sí, y ni siquiera las pienso como actos supersticiosos.

¿Y cómo las consideras entonces?

– Hago ciertas cosas porque considero que forman parte de un ceremonial que no puedo obviar. Por ejemplo, si se me cae sal en la mesa, no puedo dejar de lanzarla por encima del hombro, y no es porque crea que de esa forma me salvo de algún peligro, sino simplemente porque no puedo dejar de hacerlo.

Son cosas que has mamado de chico…

– Muchos de estos actos son para mí coercitivos. El hecho de poner un sombrero encima de la cama – que está totalmente prohibido – es algo que no puedo hacer. Cada vez que preparo la valija para ir a la montaña o a la playa, en la pila de ropa se juntan también gorros, sombreros, y al verlos encima de la cama, me siento en la obligación de quitarlos, como si en verdad pudiera traerme mala suerte.

Pero tú, ¿crees o no crees en la mala suerte?

– Yo sé que no me va a traer mala suerte, y ha habido veces en que los he dejado aposta, para demostrarme a mí mismo que era una tontería… Pero aunque los deje y no me suceda nada malo, me queda una sensación desagradable, con lo cual opto por evitar lo desagradable.

¿Te comportas de esta manera con todas las supersticiones: la escalera, el gato negro…

– No, hay cosas que no respeto. No creo en que haya gente que traiga “yeta”, mala suerte.